Él está de pie entre los tallos de bambú, con las manos en los bolsillos de sus jeans azules. La luz filtra a través de las hojas altas y se posa sobre su gorra, colocada al revés.
Bajo el bambú
Ella se mantiene a su lado, sosteniendo un teléfono con ambas manos. Sus dedos se mueven sobre la pantalla iluminada. Sus pies, calzados con zapatos bajos, se hunden levemente en la capa de hojas secas que cubre el suelo.
Luego, ambos se sientan en un pequeño pretil de madera que atraviesa el claro. Sus cuerpos se giran el uno hacia el otro, creando un espacio íntimo dentro del bosque.
Sus miradas se encuentran y se sostienen. La gorra oculta parte de su rostro, pero su atención permanece fija en ella. Los reflejos cobrizos de su cabello contrastan con el blanco níveo de su camisa.
Ella baja el teléfono y lo apoya sobre su muslo. Su mano izquierda, libre ahora, descansa sobre la madera áspera del pretil, a centímetros de su pierna.
El primer paso
Ella se aleja caminando entre los tallos de bambú. Su espalda queda frente a él, la piel blanca contrastando con el verde oscuro de las plantas. Sus pies aplastan las hojas secas con un crujido tenue y constante. Él permanece inmóvil un instante, observando su figura que se adentra en la espesura.
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Luego, sus propios pies se mueven. Avanza siguiendo la huella que ella ha dejado en el camino de hojas. Su paso es más lento, calculado, manteniendo una corta distancia entre ellos. La espalda de ella, desnuda bajo el tejido negro del bodi, es el único punto de referencia.
Ella se detiene junto a un grupo de tallos particularmente densos. Se vuelve de perfil, sin mirarlo directamente, apoyando una mano en una de las cañas. La espera no es larga. Él cierra la distancia que los separa hasta quedar a su espalda.
Ella gira por completo sobre sus talones hasta quedar de espaldas a él. Su nuca y sus hombros están ahora a la altura de su mirada. Los flecos rojos de su pelo rozan la parte superior de su espalda. Él levanta las manos, pero no llegan a tocar.
Sus dedos se ciernen en el aire, a centímetros de su cintura, siguiendo la curva de sus caderas. La respiración de él mueve unos pocos cabellos sueltos en su nuca. El bambú cruje levemente bajo el peso de la mano de ella.
El momento se extiende, un compás de quietud en la arboleda. Solo el sonido de las hojas y de la respiración contenida. Finalmente, sus palmas descienden y se posan sobre sus caderas, sobre el tejido áspero de los jeans azules. Ella no se estremece. Su mano en el bambú mantiene la misma presión.
La seducción del metal
Él está de pie entre los tallos de bambú, observándola. Ella se acerca, sus dedos encuentran el borde inferior de su negro bódi. Con un movimiento lento y deliberado, se lo levanta por encima de la cintura, dejando al descubierto la piel pálida de su vientre y el fino metal oscuro que perfora sus pezones.
Ella se quita la prenda por completo. La tela negra cae sin ruido sobre el lecho seco de hojas a sus pies. Permanece quieta un instante, los brazos relajados a los lados, mientras él la mira.
Él cierra la distancia. Sus manos se posan en su cintura, los dedos extendidos sobre el hueso de la cadera, sobre las líneas de una tatuaje. Inclina la cabeza y apoya los labios en su piel, justo debajo del ombligo. Ella exhala, un movimiento casi imperceptible de su pecho.
Su boca asciende por su torso. Besa la curva inferior de su pecho, el metal frío del piercing. Ella levanta las manos y las entrelaza detrás de su nuca, sosteniendo su cabeza contra ella. Sus dedos se aferran a la tela de su gorra.
Él continúa, su boca abarcando un pezón, luego el otro. Su respiración se calienta contra su piel. Ella arquea la espalda levemente, empujando su pecho hacia su rostro, manteniendo el ritmo lento y constante de su boca.
Sus brazos la rodean ahora, apretándola contra su cuerpo, su camisa blanca arrugándose contra su piel desnuda. La abraza con fuerza, y ella responde a la presión, sus manos deslizándose de su nuca a sus hombros.
- El bódi negro, abandonado sobre las hojas secas.
- Su gorra de béisbol, aún firmemente colocada sobre su cabeza.
- Los tallos de bambú, inmóviles a su alrededor.
- La camisa blanca de él, arrugada donde sus cuerpos se encuentran.
- Las marcas oscuras de sus jeans sobre el suelo.
- El polvo fino que levanta su quietud.
Así permanecen, entrelazados y casi inmóviles, durante un largo minuto. El único movimiento es el de su boca sobre su piel y el lento balanceo de sus cuerpos, un mecer apenas perceptible en la quietud de la arboleda.
Sus manos
El movimiento de las manos
Ella se arrodilla sobre las hojas secas. Sus dedos rodean su miembro, ya liberado de los jeans. La presión de su mano es constante y lenta. Él permanece de pie sobre ella, inmóvil por un momento.
Su respiración es lo único que se mueve en él. Luego, su propia mano desciende. Sus dedos tocan la nuca de ella, justo donde comienzan los rizos.
Ella inclina la cabeza hacia adelante. Su mejilla se apoya contra su muslo. El movimiento de su mano continúa, un ritmo que no se apresura.
| De quién | Qué sostienen | Qué hacen después |
|---|---|---|
| Ella | Sostienen su miembro | Bajan a sus testículos |
| Él | Sostienen su nuca | Se entrelazan en su cabello |
| Ella | Sostienen su propia cadera | Se clavan en la tierra |
| Él | Sostienen su sombrero | Lo ajustan hacia atrás |
| Ella | Sostienen el aire | Buscan el bambú para levantarse |
Sus manos dejan de moverse. Ella se levanta, usando un tallo de bambú como apoyo. Se pone de pie frente a él, ya sin la prenda negra. Su cuerpo queda expuesto al aire de la arboleda.
Él se quita la camisa blanca. La tela cae sobre las hojas secas, olvidada. Sus manos vuelven a ella, ahora hacia su cintura. La atraen hacia su cuerpo.
Su boca desciende hacia su pecho. Sus labios encuentran el metal del piercing. Ella arquea la espalda hacia él. Sus manos se aferran a sus hombros desnudos.
Entre los bambúes
Ella se inclina hacia adelante. Sus manos se aferran a los gruesos tallos de bambú. La espalda arqueada forma una curva suave. Los talones se hunden ligeramente en el manto de hojas secas.
Él se coloca detrás de ella. Su torso desnudo se acerca a su piel. Una mano se posa en su cadera. La otra guía su propio cuerpo hacia ella.
Se desliza dentro de ella. Un movimiento profundo y único. Los cuerpos encajan en un ritmo establecido. Los bambúes permanecen inmóviles alrededor.
Sus manos recorren su vientre. Suben hasta sus pechos. Los dedos rozan los aros metálicos en sus pezones. Ella exhala un aire silencioso.
Él se mueve con una cadencia constante. Sus caderas chocan contra sus nalgas. El sonido se pierde entre el crujir de las hojas. La camisa blanca yace abandonada en el suelo.
Ella aprieta los dedos alrededor de los tallos. Los nudillos se ponen blancos por la presión. Su rostro está vuelto de lado, pegado a la vegetación.
Después de un tiempo, él se retira. Se separa de ella por completo. Ella se endereza lentamente. Se gira para enfrentarlo.
Él la toma en sus brazos. La levanta del suelo con facilidad. Sus manos le sostienen la espalda y los muslos.
Ella envuelve sus brazos alrededor de su cuello. Sus piernas rodean su cintura. Sus pies descalzos se posan sobre sus empeñadas botas.
Se quedan así, quietos, abrazados. Su respiración comienza a calmarse. Se miran sin hablar. Los bambúes susurran con una brisa leve.
Él la sostiene firmemente, sin vacilar. Ella no se aferra, simplemente se deja llevar. Permanecen en el centro del claro, fundidos en un solo ser sostenido.
Opuestos al bambú
Ella se inclina hacia delante, apoyando las palmas de las manos en los frescos y lisos tallos de bambú. La espalda forma una curva suave, los hombros caen hacia la tierra. Sus pies, descalzos, se hunden levemente en el manto de hojas secas que cubre el suelo.
Él se coloca detrás de ella, de pie, firme. Sus manos encuentran sus caderas, los dedos se ciñen sobre el denim azul. Un ajuste, un movimiento casi imperceptible para alinearse. La nuca de ella queda expuesta, un territorio de piel clara y pecas bajo la gorra invertida de él.
Un impulso lento y profundo. Su cuerpo acepta el suyo. El ritmo que establecen es pausado, constante. No hay prisa, solo el mecerse continuo de sus cuerpos en la quietud del bosque.
Las hojas crujen bajo el vaivén de sus pesos combinados. El bambú, inmutable, recibe cada empuje a través de las manos de ella. Sus nudillos blanquean por la presión contra los tallos, pero no ceden.
Él mira la línea de su espina dorsal, el contraste del negro del bodi contra su piel. Sus propias manos suben desde sus caderas hasta su cintura, trazando el camino. Ella responde arqueándose aún más, entregándose al movimiento, fundiéndose con el bambú y con él.
Así permanecen, unidos y opuestos a la espesura verde, mientras el mundo se reduce al sonido de la respiración y al susurro de las hojas secas.
